lunes, 24 de mayo de 2010

¿SOMOS MAESTROS?

SOY UN MAESTRO
por John W. Schlatter

Soy un maestro.
Nací en el instante en que surgió una pregunta de la boca de un niño.
He sido muchas personas en muchos lugares.
Soy Sócrates animando a los jóvenes de Atenas a descubrir nuevas ideas a través de las preguntas.
Soy Anne Sullivan horadando los secretos del universo para ponerlos en la mano extendida de Helen Keller.
Soy Esopo y Hans Christian Andersen revelando la verdad por medio de innumerables narraciones.
Soy Marva Collins peleando por el derecho de todos los niños a la educación.
Soy Mary McCleod Bethune edificando una gran universidad para mi pueblo, usando cajones vacíos de naranjas como pupitres.
Soy Bel Kaufman luchando para ir en contra de la corriente.
Los nombres de quienes practicaron mi profesión han ganado el reconocimiento de la humanidad...
Booker T. Washington, Buda, Confucio, Ralph Waldo Emerson, Leo Buscaglia, Moisés y Jesús.
Soy también aquellos cuyos nombres y rostros se han olvidado hace mucho tiempo, pero cuyas lecciones y carácter se recordarán siempre en los logros de sus alumnos.
He llorado de alegría en las bodas de los antiguos alumnos,
he reído con regocijo en el nacimiento de sus hijos,
y he permanecido con la cabeza inclinada por el dolor y la confusión en las tumbas cavadas demasiado pronto para cuerpos demasiado jóvenes.
En el transcurso de un día se me ha pedido ser actor, amigo, enfermero y médico, entrenador, hallador de objetos perdidos, prestamista, chofer de taxi, psicólogo, padre sustituto, vendedor, político y defensor de la fe.
Dejando a un lado los mapas, planos, fórmulas, verbos, historias y libros, no he tenido en realidad nada qué enseñar porque mis estudiantes han aprendido por sí mismos, y sé que se necesita el mundo entero para decirte quién eres.
Soy una paradoja. Hablo más alto cuando escucho más.
Mis más grandes regalos son lo que quiero recibir, agradecidamente, de mis alumnos.
La riqueza material no es una de mis metas,
pero soy un buscador de tesoros de tiempo completo, en mi búsqueda de nuevas oportunidades
para que mis estudiantes puedan usar sus talentos, en mi constante búsqueda
de esos talentos que a veces yacen enterrados en la autoderrota.
Soy el más afortunado de todos quienes trabajan.
A un médico se le permite traer una vida en un momento mágico.
A mí se me permite que esa vida renazca día a a día con nuevas preguntas, ideas y amistades.
Un arquitecto sabe que si construye con cuidado, su estructura puede permanecer por siglos.
Un maestro sabe que si construye con amor y verdad, lo que construya durará para siempre.
Soy un guerrero que batalla diariamente contra la presión de los amigos, de la negatividad, del temor, de la conformidad, de los prejuicios, de la ignorancia y de la apatía.
Pero tengo grandes aliados: la inteligencia, la curiosidad, el apoyo de los padres, la individualidad,
la creatividad, la fe, el amor y la risa,
todos ellos me ayudan a levantar mi bandera con su apoyo insuperable.
¿Y a quién tengo que agradecer esta maravillosa vida que tengo la suerte de experimentar,
sino a ustedes el público, los padres? Porque me han concedido el gran honor de confiarme su mayor contribución a la eternidad:
sus hijos.
Y de esa manera tengo un pasado rico en recuerdos.
Tengo un presente desafiante lleno de aventuras y entretenimiento,
porque se me permite emplear mis días en el futuro.
Soy un maestro...y doy gracias a Dios por eso todos los días.

martes, 11 de mayo de 2010

¿QUÉ QUEREMOS QUE APRENDAN NUESTROS NIÑOS?

RESPUESTA DE LOS INDIOS NATIVOS AMERICANOS A UNA INVITACIÓN DE LA COMISIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS
Recogida por T.C. McLuhan

El 17 de junio de 1744, los comisionados de Maryland y Virginia negociaron un tratado con los Indios de las Seis Naciones de Lancaster, Pensilvania. Los Indios fueron invitados a enviar a sus hijos al William and Mary College. Pero rechazaron la oferta de la siguiente forma:

“Sabemos que estimáis altamente la clase de aprendizaje enseñado en esos Colleges, y que los gastos de mantenimiento de nuestros jóvenes hombres serían muy caros para vosotros. Estamos convencidos de que pretendéis nuestro bien con vuestra propuesta. Y os lo agradecemos de corazón. Pero ustedes que sois sabios debéis saber que las diferentes naciones tienen diferentes concepciones de las cosas y, por lo tanto, no consideraréis inoportuno si nuestras ideas respecto a esa clase de educación no son las mismas que las de ustedes.

Hemos tenido alguna experiencia al respecto. Varios de nuestros jóvenes fueron anteriormente formados en los Colleges de las Provincias del Norte: fueron instruidos en todas las ciencias; pero, cuando volvieron con nosotros, eran malos corredores, ignorantes en las formas de vivir en el bosque… tampoco eran aptos como cazadores, guerreros ni consejeros. No eran buenos para nada.

Nosotros estamos, sin embargo, no menos obligados por vuestra amable oferta, la cual no aceptamos. Y, para mostraros nuestro sentido de la gratitud, si los caballeros de Virginia nos envían una docena de sus hijos, cuidaremos de su educación, instruyéndolos en todo lo que sabemos y haremos hombres de ellos.”

viernes, 7 de mayo de 2010

EL VALOR DE LAS PERSONAS O CÓMO LOS DEMÁS DETERMINAN NUESTRO AUTOCONCEPTO

EL ANILLO
Cuento sufí

Un alumno llegó a su profesor con un problema:

-Estoy aquí, profesor, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Dicen que no sirvo para nada, que no hago nada bien, que soy tonto y muy idiota. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El profesor, sin mirarlo, le dijo:

-Lo siento mucho, joven, pero ahora no puedo ayudarte. Primero debo resolver mi propio problema, tal vez después…

Y haciendo una pausa dijo:

- Si tú me ayudas y puedo resolver mi problema rápidamente, quizá pueda ayudarte a resolver el tuyo.

-Claro, profesor, murmuró el joven. Pero se sintió otra vez desvalorizado.

El profesor se sacó un anillo que llevaba en el dedo pequeño, se lo dio y le dijo:

- Coge el caballo y vete al mercado. Debes vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es preciso que obtengas por él el máximo posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y vuelve con la moneda lo más rápido posible.

El joven cogió el anillo y partió. Cuando llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Ellos miraban con algún interés, atendiendo al joven, y le preguntaban cuánto pretendía por el anillo. Cuando decía que una moneda de oro, algunos reían, otros se apartaban sin mirarlo. Un viejecito amable le explicó que una moneda de oro era mucho valor para comprar un anillo. Llegaron a ofrecerle una moneda de plata y una jícara de cobre, pero el joven seguía las instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazaba las ofertas.

Después de ofrecer la joya a todos los que pasaban por el mercado, y abatido por el fracaso, montó en el caballo y regresó. Pensaba que hubiera deseado tener él mismo una moneda de oro para comprar el anillo y librar de la preocupación a su profesor. Así podría recibir su ayuda y consejos.

El joven entró en la casa y dijo:

- Lo siento mucho, pero es imposible conseguir lo que me pidió. Tal vez pudiese conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que se pueda engañar a nadie sobre el valor del anillo.

- Es importante lo que me dices, joven, - le contestó sonriente. - Primero debemos saber el valor del anillo. Vuelve a coger el caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor para saber su valor exacto? Pero no importa cuánto te ofrezca, no lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven fue a ver al joyero y le dio el anillo para que lo examinara. El joyero lo examinó con una lupa, lo pesó y le dijo:

-Dile a tu profesor que si lo quiere vender ahora no puedo darle más de 58 monedas de oro.

-¡¡58 MONEDAS DE ORO!! - exclamó el joven.

-Sí, contestó el joyero, y creo que con el tiempo podría ofrecer hasta 70 monedas, pero si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a casa del profesor para contarle lo ocurrido.

-Siéntate, dijo el profesor, y después de escuchar todo lo que el joven le contó, le dijo:

-Tú eres como ese anillo, una joya valiosa y única. Solamente puede ser valorado por un especialista. ¿Pensabas que cualquiera podía descubrir tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a colocarse su anillo en el dedo.


Todos somos como esta joya. Valiosos y únicos, pero andamos por todos los mercados de la vida pretendiendo que personas inexpertas e ignorantes nos valoren.

lunes, 3 de mayo de 2010

¿QUÉ PUEDE HACER UN NIÑO?

LOS NIÑOS ESTABAN SOLOS
por Jorge Bucay


Desde que el padre había muerto, los tiempos eran demasiado duros como para arriesgar el trabajo faltando cada vez que la abuela se enfermaba o se ausentaba de la ciudad.

Cuando el novio de la jovencita llamó para invitarla a un paseo en su coche nuevo, Marina no dudó demasiado. Después de todo, los niños estaban durmiendo como cada tarde, y no se despertarían hasta las cinco.

Apenas escuchó la bocina cogió su bolso y descolgó el teléfono. Tomó la precaución de cerrar la puerta del cuarto y se guardó la llave en el bolsillo. Ella no quería arriesgarse a que Pancho se despertara y bajara las escaleras para buscarla, porque después de todo tenía solo seis años y en un descuido podía tropezar y lastimarse. Además, pensó, si eso sucediera, ¿cómo le explicaría a su madre que el niño no la había encontrado?

Quizás fue un cortocircuito en el televisor encendido o en alguna de las luces de la sala, o tal vez una chispa del hogar de leña; el caso es que cuando las cortinas empezaron a arder el fuego rápidamente alcanzó la escalera de madera que conducía a los dormitorios.

La tos del bebé debido al humo que se filtraba por debajo de la puerta lo despertó. Sin pensar, Pancho saltó de la cama y forcejeó con el picaporte para abrir la puerta pero no pudo.

De todos modos, si lo hubiera conseguido, él y su hermanito de meses hubieran sido devorados por las llamas en pocos minutos.

Pancho gritó llamando a Marina, pero nadie contestó su llamada de auxilio. Así que corrió al teléfono que había en el cuarto (él sabía como marcar el número de su mamá) pero no había línea.

Pancho se dio cuenta que debía sacar a su hermanito de allí. Intentó abrir la ventana que daba a la cornisa, pero era imposible para sus pequeñas manos destrabar el seguro y aunque lo hubiera conseguido aún debía soltar la malla de alambre que sus padres habían instalado como protección.
Cuando los bomberos terminaron de apagar el incendio, el tema de conversación de todos era el mismo:

¿Cómo pudo ese niño tan pequeño romper el vidrio y luego el enrejado con el perchero?
¿Cómo pudo cargar al bebé en la mochila?
¿Cómo pudo caminar por la cornisa con semejante peso y bajar por el árbol?
¿Cómo pudo salvar su vida y la de su hermano?

El viejo jefe de bomberos, hombre sabio y respetado, les dio la respuesta:

- Panchito estaba solo... No tenía a nadie que le dijera que no iba a poder.

domingo, 2 de mayo de 2010

CÓMO ENSEÑAMOS

EL DOBBERMAN
por Anthony de Mello


Un hombre decidió suministrar dosis masivas de aceite de hígado de bacalao a su perro Dobberman, porque le habían dicho que era muy bueno para los perros. De modo que cada día sujetaba entre sus rodillas la cabeza del animal, que se resistía con todas sus fuerzas, le obligaba a abrir la boca y le vertía el aceite por el gañote.

Pero un día, el perro logró soltarse y el aceite cayó al suelo. Entonces, para el asombro de su dueño, el perro volvió dócilmente a él en clara actitud de querer lamer la cuchara. Fue entonces cuando el hombre descubrió que lo que el perro rechazaba no era el aceite, sino el modo de administrárselo.

viernes, 30 de abril de 2010

NOSOTROS AÚN PODEMOS


SI PUDIERA
por Diane Loomans



Si pudiera volver a educar a mi hijo,
construiría su autoestima primero, y la casa después.
Pintaría más con el dedo, y señalaría menos.
Haría menos correcciones y más conexiones.
Apartaría los ojos del reloj y los utilizaría para mirar.
Me interesaría por saber menos y aprender a interesarme más.

Haría más excursiones y haría volar más cometas.
Dejaría de mostrarme seria y jugaría más en serio.
Atravesaría más campos y contemplaría más estrellas.
Daría más abrazos y menos tirones de orejas.
Vería el fruto en el árbol más a menudo.
Sería menos firme, y afirmaría mucho más.

Enseñaría menos sobre el amor al poder,
y más sobre el poder del amor.

ESE ARMARIO QUE LLAMAMOS ESCUELA

HISTORIA DE UN ARMARIO
por Fabricio Caivano y Francesco Tonucci


Descubrieron los sabios un buen día a los niños, unos seres imprevisibles que acampaban a las afueras de la Historia. Tras considerar con detalle la cuestión decidieron propiciarles un escarmiento: inventaron un armario llamado escuela. Diseñaron el pupitre, la pizarra y un domador de murmullos con una larga vara de avellano.

Pasaron felizmente los siglos y el invento vino a ser criticado por otros sabios muy modernos. Es cosa aburrida, autoritaria y alejada de la vida, dictaminaron. Y pasaron del negro al blanco en buena lógica binaria.

Cambiaron el decorado. Ardieron en hoguera festiva los viejos pupitres con nombres de amores esculpidos en furtiva madera. Luz y bolígrafo, nuevas sillitas y mesas de plástico relucientes; abajo las tiránicas tarimas. Troquelaron al nuevo servidor del invento, el maestro amigo, funcionario permisivo que pasea por el aula con sonrisa afable. Los alumnos, sin embargo, continuaban bostezando ostensiblemente, aun en presencia del mismísimo inspector.

Cambiaron también los contenidos; tras un celebrado cónclave de curricólogos se editaron hermosos libros con fotos de Lenin y hasta de Lennon. Pero el sistema rechinaba, a pesar del hilo musical.

Dictaminaron otra vez los sabios: cambiar los métodos. Se produjeron en serie metodologías activas, creativas, divertidas y persuasivas... La escuela era una agitada fiesta, pero el bostezo amenazaba en mudar en aullido, lamento o dentellada.

¿Qué hacer con el armario? ¿Qué queda entonces por cambiar, si todo lo secundario ya ha sido transformado?

Detenerse a considerar con algún detalle precisamente lo esencial.

Pero, ¿recuerda alguien qué demonios es lo esencial en todo este maldito embrollo?

jueves, 29 de abril de 2010

APRENDER LO IMPORTANTE

TODO LO QUE REALMENTE NECESITO SABER
LO APRENDÍ EN EL LA ESCUELA INFANTIL
por Robert Fulghum


Siendo ya anciano, me he dado cuenta de que sé la mayor parte de lo que hace falta para vivir una vida plena, que no es tan complicado. Lo sé. Y lo he sabido desde hace mucho, muchísimo tiempo. Aquí está mi credo:

Todo lo que necesito, lo aprendí en Educación Infantil. La sabiduría no estaba en el graduado escolar, sino en la montaña de arena.

Estas son las cosas que yo aprendí:

Compartir todo, jugar sin hacer trampas, no pegar a la gente, poner las cosas donde las encontré, resolver mis propios líos, no coger cosas que no son mías, pedir perdón cuando hiera a alguien, lavarme las manos antes de comer, tirar de la cadena en el servicio, vivir una vida equilibrada.

Aprender algo, pensar algo: dibujar, pintar, bailar, jugar y trabajar algo todos los días. Relajarme cada tarde. Cuando salgo al mundo, tener cuidado con el tráfico, agarrarme de la mano y permanecer junto a alguien. Estar atento a las maravillas. Recordar la pequeña semilla en el plato: las raíces van hacia abajo y la planta crece hacia arriba y realmente nadie sabe cómo ni porqué, pero también nosotros somos así.

Y recuerdo lo primero que aprendí: A MIRAR; todo lo que necesito está ahí en alguna parte.

Toma cualquiera de estas normas y llévala al mundo adulto, a tu familia, a tu trabajo, a tu pueblo, a tu país y seguirán siendo ciertas. Relájate..., e imagina que tienes la capacidad de poner las cosas en su sitio o de resolver tus propios líos cuando las cosas no van bien...

... Y CONTINÚA SIENDO CIERTO, NO IMPORTA CUAL SEA TU EDAD, QUE CUANDO SALGAS AL MUNDO ES MEJOR QUE TE AGARRES DE LA MANO Y PERMANEZCAS JUNTO A ALGUIEN.